11 de Octubre: Presentación en Madrid de "La cara oscura del capital erótico", de José Luis Moreno Pestaña
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El día 11 de octubre se presentó La cara oscura del capital erótico
en la librería Traficantes de Sueños de Madrid. En la mesa acompañaron a José Luis Moreno Pestaña, Sara Porras, Esteban Hernández y Tomás Rodríguez Torrellas.
He aquí el texto de su intervención. Puede escucharse aquí el audio
Creo que el sueño de todo autor es que se le discuta y
que se le discuta dentro de un marco. Es mucho pedir que te discutan
como quieres, soy consciente. Mas como hoy presentó este libro fruto de
muchos años de trabajo, me van a permitir que me permita sugerirles un
marco de discusión ¿Cómo me gustaría que se discutiera este libro? Me
gustaría que se hiciera en tres planos, que admiten cada cual debates,
críticas, porque en todos ellos existen puntos ciegos. Los admiten
porque soy consciente de que mi escritura tomó decisiones que pueden
apoyarse en opciones personales, una sensibilidad moral y política
específica y unas tradiciones teóricas con sus prototipos, sus modelos
de razonamiento o, simple y llanamente, su atención preferente a ciertos
planos de la realidad. A la vez que soy consciente de esto reclamo para
mí estudio, al menos en sus tres cuartas partes, un estatuto diferente
del ensayismo, de los patrones de argumentación centrados, como
explicaba Wittgenstein, en la dieta monótona de ejemplos de un único
tipo. Paso a describir los tres planos centrales de mi libro, siendo
consciente de que entre ellos no se dan implicaciones absolutamente
necesarias. Quiere decirse: el acuerdo en el punto 1 no lo implica en el
3 y viceversa.
En
primer lugar, mi trabajo presume de reconstruir, en trabajos obreros o
trabajos cualificados, secuencias de trastornos alimentarios en cuya
eclosión, activación o desencadenamiento jugaron un papel de primer
orden: las condiciones de reclutamiento de la fuerza de trabajo, las
exigencias implícitas en el puesto -a veces exigencias groseramente
explícitas-, las demandas de los objetos con los que se trabaja -por
ejemplo, las tallas de ropa o los formatos de exhibición del
periodista-, en fin, las dinámicas de promoción que, con reclamos
reconocidos o no, las trabajadoras acaban conociendo. Pero, y es lo
diferencia mi trabajo de otros, también detecta excepciones en dos
ámbitos.Un primer ámbito: las detecta en el seno de los mismos empleos.
¿Dónde? en pautas alternativas de definición del oficio de camarera, en
las luchas por imponer qué es una buena vendedora; es decir, lo hace en
el corazón de los empleos donde existe más presión corporal y donde la
fuerza de trabajo tiene más que ganar con la inversión estética. Y eso
es capaz de hacerlo porque sigue un precepto de la investigación
racionalista en ciencias sociales. ¿Cuál es ese precepto? Busca el
objeto que objeta, busca lo que disiente de la tendencia, persigue las
magnitudes no mayoritarias e intenta comprender cómo son posibles. Esto
es: busca camareras que rechacen el trabajo corporal y reivindiquen el
oficio de barman, mujeres muy gordas que triunfan en tiendas de moda
normalmente gordófobas: de ellas aprenderás mucho. Cabe ampliar ese
trabajo, cabe discutir cuándo la tensión corporal que describo es más o
menos patológica. Cabe. Pero esto que acabo de referir se discute con
trabajo empírico razonado y no citando a Bourdieu, Zizek o Butler. No,
con todo respeto a cada uno de tales autores u otros y sus lectores, en
este punto así no se me discute.
La
delimitación de un acontecimiento empírico debe ser integradas en lo
que nuestros clásicos llamaban relaciones de imputación causal,
dinámicas en las cuales nuestros eventos queden vinculados a otros
eventos antecedentes. En ese punto, yo me he guiado por una
recomendación. Viene de una tradición de crítica de las ideologías y de
las relaciones de dominación simbólicas. La recomendación es: no te fíes
de las jerarquías simbólicas e intenta prestar atención preferente y
cuidadosa a aquello que más se tiende a menospreciar. La inversión
corporal, la capacidad para descodificar objetos, para integrarlos en
una manera de ser y de estar, el esfuerzo por aprender sobre cosmética,
ropa, complementos, vínculos entre peinado y profesión: ¿no es un
esfuerzo cultural como cualquier otro? ¿No requiere esfuerzo,
entrenamiento, atención? ¿Por qué se identifica con la superficialidad?
¿No será que como todas las virtudes de los dominados son ambiguas y el
elogio se despeña -casi en la frase siguiente- en reproche? Aportación
pues que cabe discutir: el capital erótico puede ser incluido como una
especie de capital cultural. Capital cultural dominado, que conoce
procesos tremendamente escasos de institucionalización. Y eso que lo
hace diferente respecto de otros -por ejemplo, del capital cultural
consagrado académicamente- me conduce al tercer plano en el que me
gustaría ser discutido. ¿Existen otras maneras de vincular el capital
erótico con otros eventos antecedentes? Por supuesto: siempre y cuando
se demuestre que animan programas de investigación más ricos o
consideraciones conceptuales más precisas.
Mi
libro integra las secuencias empíricas, los vínculos causales, dentro
de una teoría del capital corporal, de los procesos inestables de
capitalización del cuerpo: es la parte más arriesgada teórica y
filosóficamente del libro, fruto de una integración razonada de bastante
literatura histórica. Puede que me falte alguna, seguro: seguro que
también existen reconstrucciones alternativas y otros modelos de
explicar las secuencias empíricas y los marcos de imputación causal -que
es lo señalado en los puntos anteriores. En esta parte, mi maestro es
más Marx que Bourdieu. Los procesos de capitalización solo tienen
sentido cuando existen mercados de precios relativamente estables, es
decir, pautas sociales estabilizadas que recompensan prototipos
corporales. Y para que existan prototipos corporales que se estabilicen
tienen que existir tres acontecimientos, cuya historia intento
reconstruir y cuya crisis dilucido en los dilemas a los que se enfrentan
las personas que me han contado su experiencia. En primer lugar, el
cuerpo debe estar pedagógicamente disponible, debemos creer que podemos
transformar el cuerpo según nuestra voluntad, algo que la medicina
hipocrática no creía. En segundo lugar, debemos tener claro cuáles son
los prototipos de belleza comunes y para ello hay que eliminar todos los
contextos en los cuales, con más o menos ambigüedad, con más o menos
resentimiento o ambivalencia, se viven otros modelos de belleza
alternativos. En tercer lugar, debemos atribuir a la belleza un valor
moral. La carne espejo del alma de la modernidad burguesa -como explica
en sus libros Juan Carlos Rodríguez-, el sujeto que demuestra su
fiabilidad y su estilo, sus marcas culturales, su capacidad de
retención. Solo con esos tres planos anudados puede hablarse de un
capital corporal, donde la delgadez es sinónimo de salud, de belleza y
de cuidado moral de uno mismo. Si quisiéramos llevar la analogía con
Marx muy lejos diríamos: la moneda integra todos los intercambios en el
mercado capitalista porque los presiona para que se midan en términos de
dinero. La delgadez presiona los contextos médicos, y los impulsa a
olvidar las dietas fallidas, las correlaciones entre obesidad y salud,
las dificultades para someter el cuerpo al imperio de un plan racional.
También presiona los modelos de belleza alternativos que no solo se
encuentran en contextos particulares, sino también en la experiencia de
mucha gente que aprende que una cosa es el cuerpo que exhibir y otra el
cuerpo que amar y que gozar. En suma, como dirían nuestros clásicos, el
Eros se encuentra más allá de la cosmética y la gimnástica. La delgadez
presiona también las pautas morales e ignora que la belleza física no
significa nada o puede significar (o no), como en la antigua Grecia,
incuria política, desatención intelectual, tiempo perdido que merecía
mejor empleo. En fin, los procesos de capitalización del cuerpo, como
cualquier proceso de capitalización, son objeto de luchas. En ese
sentido, este es un libro sobre políticas del cuerpo: en el campo de la
salud, en los modelos de desunificación de los patrones de belleza, en
fin, en el cuestionamiento de cómo se liga delgadez con moralidad. En
cada uno de tales campos señalo asunciones arbitrarias y abro un espacio
a su contestación política, en suma, a dejar de tratar el cuerpo como
un recurso convertible en capital.