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Filosofía en Cádiz

24 de octubre de 2016

11 de Octubre: Presentación en Madrid de "La cara oscura del capital erótico", de José Luis Moreno Pestaña

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El día 11 de octubre se presentó La cara oscura del capital erótico
en la librería Traficantes de Sueños de Madrid. En la mesa acompañaron a José Luis Moreno Pestaña, Sara Porras, Esteban Hernández y Tomás Rodríguez Torrellas.
He aquí el texto de su intervención. Puede escucharse aquí el audio



Creo que el sueño de todo autor es que se le discuta y
que se le discuta dentro de un marco. Es mucho pedir que te discutan
como quieres, soy consciente. Mas como hoy presentó este libro fruto de
muchos años de trabajo, me van a permitir que me permita sugerirles un
marco de discusión ¿Cómo me gustaría que se discutiera este libro? Me
gustaría que se hiciera en tres planos, que admiten cada cual debates,
críticas, porque en todos ellos existen puntos ciegos. Los admiten
porque soy consciente de que mi escritura tomó decisiones que pueden
apoyarse en opciones personales, una sensibilidad moral y política
específica y unas tradiciones teóricas con sus prototipos, sus modelos
de razonamiento o, simple y llanamente, su atención preferente a ciertos
planos de la realidad. A la vez que soy consciente de esto reclamo para
mí estudio, al menos en sus tres cuartas partes, un estatuto diferente
del ensayismo, de los patrones de argumentación centrados, como
explicaba Wittgenstein, en la dieta monótona de ejemplos de un único
tipo. Paso a describir los tres planos centrales de mi libro, siendo
consciente de que entre ellos no se dan implicaciones absolutamente
necesarias. Quiere decirse: el acuerdo en el punto 1 no lo implica en el
3 y viceversa. 

  1. En
    primer lugar, mi trabajo presume de reconstruir, en trabajos obreros o
    trabajos cualificados, secuencias de trastornos alimentarios en cuya
    eclosión, activación o desencadenamiento jugaron un papel de primer
    orden: las condiciones de reclutamiento de la fuerza de trabajo, las
    exigencias implícitas en el puesto -a veces exigencias groseramente
    explícitas-, las demandas de los objetos con los que se trabaja -por
    ejemplo, las tallas de ropa o los formatos de exhibición del
    periodista-, en fin, las dinámicas de promoción que, con reclamos
    reconocidos o no, las trabajadoras acaban conociendo. Pero, y es lo
    diferencia mi trabajo de otros, también detecta excepciones en dos
    ámbitos.Un primer ámbito: las detecta en el seno de los mismos empleos.
    ¿Dónde? en pautas alternativas de definición del oficio de camarera, en
    las luchas por imponer qué es una buena vendedora; es decir, lo hace en
    el corazón de los empleos donde existe más presión corporal y donde la
    fuerza de trabajo tiene más que ganar con la inversión estética. Y eso
    es capaz de hacerlo porque sigue un precepto de la investigación
    racionalista en ciencias sociales. ¿Cuál es ese precepto? Busca el
    objeto que objeta, busca lo que disiente de la tendencia, persigue las
    magnitudes no mayoritarias e intenta comprender cómo son posibles. Esto
    es: busca camareras que rechacen el trabajo corporal y reivindiquen el
    oficio de barman, mujeres muy gordas que triunfan en tiendas de moda
    normalmente gordófobas: de ellas aprenderás mucho. Cabe ampliar ese
    trabajo, cabe discutir cuándo la tensión corporal que describo es más o
    menos patológica. Cabe. Pero esto que acabo de referir se discute con
    trabajo empírico razonado y no citando a Bourdieu, Zizek o Butler. No,
    con todo respeto a cada uno de tales autores u otros y sus lectores, en
    este punto así no se me discute. 
  2. La
    delimitación de un acontecimiento empírico debe ser integradas en lo
    que nuestros clásicos llamaban relaciones de imputación causal,
    dinámicas en las cuales nuestros eventos queden vinculados a otros
    eventos antecedentes. En ese punto, yo me he guiado por una
    recomendación. Viene de una tradición de crítica de las ideologías y de
    las relaciones de dominación simbólicas. La recomendación es: no te fíes
    de las jerarquías simbólicas e intenta prestar atención preferente y
    cuidadosa a aquello que más se tiende a menospreciar. La inversión
    corporal, la capacidad para descodificar objetos, para integrarlos en
    una manera de ser y de estar, el esfuerzo por aprender sobre cosmética,
    ropa, complementos, vínculos entre peinado y profesión: ¿no es un
    esfuerzo cultural como cualquier otro? ¿No requiere esfuerzo,
    entrenamiento, atención? ¿Por qué se identifica con la superficialidad?
    ¿No será que como todas las virtudes de los dominados son ambiguas y el
    elogio se despeña -casi en la frase siguiente- en reproche? Aportación
    pues que cabe discutir: el capital erótico puede ser incluido como una
    especie de capital cultural. Capital cultural dominado, que conoce
    procesos tremendamente escasos de institucionalización. Y eso que lo
    hace diferente respecto de otros -por ejemplo, del capital cultural
    consagrado académicamente- me conduce al tercer plano en el que me
    gustaría ser discutido. ¿Existen otras maneras de vincular el capital
    erótico con otros eventos antecedentes? Por supuesto: siempre y cuando
    se demuestre que animan programas de investigación más ricos o
    consideraciones conceptuales más precisas. 
  3. Mi
    libro integra las secuencias empíricas, los vínculos causales, dentro
    de una teoría del capital corporal, de los procesos inestables de
    capitalización del cuerpo: es la parte más arriesgada teórica y
    filosóficamente del libro, fruto de una integración razonada de bastante
    literatura histórica. Puede que me falte alguna, seguro: seguro que
    también existen reconstrucciones alternativas y otros modelos de
    explicar las secuencias empíricas y los marcos de imputación causal -que
    es lo señalado en los puntos anteriores. En esta parte, mi maestro es
    más Marx que Bourdieu. Los procesos de capitalización solo tienen
    sentido cuando existen mercados de precios relativamente estables, es
    decir, pautas sociales estabilizadas que recompensan prototipos
    corporales. Y para que existan prototipos corporales que se estabilicen
    tienen que existir tres acontecimientos, cuya historia intento
    reconstruir y cuya crisis dilucido en los dilemas a los que se enfrentan
    las personas que me han contado su experiencia. En primer lugar, el
    cuerpo debe estar pedagógicamente disponible, debemos creer que podemos
    transformar el cuerpo según nuestra voluntad, algo que la medicina
    hipocrática no creía. En segundo lugar, debemos tener claro cuáles son
    los prototipos de belleza comunes y para ello hay que eliminar todos los
    contextos en los cuales, con más o menos ambigüedad, con más o menos
    resentimiento o ambivalencia, se viven otros modelos de belleza
    alternativos. En tercer lugar, debemos atribuir a la belleza un valor
    moral. La carne espejo del alma de la modernidad burguesa -como explica
    en sus libros Juan Carlos Rodríguez-, el sujeto que demuestra su
    fiabilidad y su estilo, sus marcas culturales, su capacidad de
    retención. Solo con esos tres planos anudados puede hablarse de un
    capital corporal, donde la delgadez es sinónimo de salud, de belleza y
    de cuidado moral de uno mismo. Si quisiéramos llevar la analogía con
    Marx muy lejos diríamos: la moneda integra todos los intercambios en el
    mercado capitalista porque los presiona para que se midan en términos de
    dinero. La delgadez presiona los contextos médicos, y los impulsa a
    olvidar las dietas fallidas, las correlaciones entre obesidad y salud,
    las dificultades para someter el cuerpo al imperio de un plan racional.
    También presiona los modelos de belleza alternativos que no solo se
    encuentran en contextos particulares, sino también en la experiencia de
    mucha gente que aprende que una cosa es el cuerpo que exhibir y otra el
    cuerpo que amar y que gozar. En suma, como dirían nuestros clásicos, el
    Eros se encuentra más allá de la cosmética y la gimnástica. La delgadez
    presiona también las pautas morales e ignora que la belleza física no
    significa nada o puede significar (o no), como en la antigua Grecia,
    incuria política, desatención intelectual, tiempo perdido que merecía
    mejor empleo. En fin, los procesos de capitalización del cuerpo, como
    cualquier proceso de capitalización, son objeto de luchas. En ese
    sentido, este es un libro sobre políticas del cuerpo: en el campo de la
    salud, en los modelos de desunificación de los patrones de belleza, en
    fin, en el cuestionamiento de cómo se liga delgadez con moralidad. En
    cada uno de tales campos señalo asunciones arbitrarias y abro un espacio
    a su contestación política, en suma, a dejar de tratar el cuerpo como
    un recurso convertible en capital.