El martes 21 de octubre de 2014, en el Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz, tuvo lugar el acto de defensa de la tesis doctoral de María Francisca Fernández Cáceres (compañera del grupo HUM-536), titulada El Patrimonio Intelectual español. Un acercamiento desde la figura de Manuel Sacristán Luzón y dirigida por José Luis Moreno Pestaña. El tribunal estuvo formado por Francisco José Martínez Martínez (UNED), como vocal, Antonio García Santesmases (UNED) como secretario y Francisco Vázquez García (UCA), como Presidente. La tesis recibió la calificación unánime de sobresaliente "cum laude", tras un animado debate. Insertamos, debajo, un comentario de su trabajo, redactado por el director del mismo, José Luis Moreno Pestaña
Francisca, Pachi, se enfrenta a la formación personal, política e
intelectual de Manuel Sacristán Luzón. Su trabajo aporta novedades
importantísimas. En primer lugar, una sociogénesis de las disposiciones
de Sacristán, resultado de un análisis cuidadoso de su experiencia
familiar: toda familia es un campo de luchas por imponer un modelo de
criatura y Sacristán sacó tanto de su padre, como de su madre. Francisca
es sensible también a las maneras complejas en que nos inventamos una
familia que no existió -a lo cual llamaba Freud la "novela familiar del
neurótico".
Políticamente, la tesis recorre un camino espinoso.
Combinando memorias, indicios y trabajos del propio Sacristán, Pachi
estudia, con un nivel de precisión desconocido, un caso dentro de la
gran transformación generacional que convirtió a muchos fascistas en
opositores a Franco.
No voy a comentar los hallazgos fruto de un
riguroso trabajo de archivos y un obstinado y reflexivo cruce de
fuentes: espero que haya una editorial que publique pronto su libro.
Diré algo que me parece metodológicamente relevante. Durante muchos años
se impuso un consenso ideológico, sobre todo en la historiografía
española: el fascismo era malo y el comunismo también y ya los malos de
los malos fueron los que pasaron de uno a otro. Porque lo bueno, la
norma, es haber pasado de uno u otro al liberalismo, como si en el
fascismo no hubiese racionalidad ni en el marxismo emancipación. Así,
ciertas carreras se convirtieron en normas que juzgaban a los demás,
entre las cuales se encontraban importantes representantes del mundo de
las Letras.
Francisca hace una cosa sencilla, muy sencilla de
enunciar, pero dificilísima de practicar: colocar a Sacristán en su
espacio de posibles y comprender cómo se hizo fascista, admirando a
Simone Weil y a la cultura alemana. Posteriormente, Sacristán optó por
otro compromiso. No era ya un adolescente hijo de un cuadro del
Régimen, sino una persona adulta y reflexiva: entonces se hizo comunista.
Sacristán era un hombre serio y en los ambientes letraheridos eso queda, en ocasiones, algo
paleto, rígido, estirado. Algunas de los episodios sulfurosos de su
biografía (conflicto con Barral, Gil de Biedma, Vázquez Montalbán...)
son tratados de manera equilibrada. Sacristán aparece como un hombre de
principios, que pueden resultar simpáticos o no, pero que siempre
demostró, con un coraje enorme, que no estaba en política para
chalanear.
Finalmente, en filosofía, su trabajo es maravilloso.
Como el trabajo anterior se ha hecho bien, Pachi reconstruye la forja
del filósofo rebelde y nos ofrece un mapa, apropiadísimo y adaptado a
contexto, del esfuerzo de Sacristán por encontrar una voz propia. Y lo
vemos leer respetuosamente a Heidegger pero cuestionarlo desde la
epistemología de Ortega, definir políticamente su existencialismo y,
siempre con Ortega en la mochila, asumir la racionalidad del marxismo.
En ese sentido, respecto al marxismo, el existencialismo y, cómo no, la
lógica, la tesis propone un soberbio estado del campo, tal y como se
percibía en un punto de la España franquista en los años 50. Y, para
acabar, otra enorme novedad de la tesis, Pachi ofrece un equilibrado
estado del campo plasmado en un caso muy difícil de estudiar: las
famosas oposiciones a la Cátedra de Lógica en Valencia. El resultado es
extraordinario, un ejemplo de manejo de metodología comparativa y de
erudición.
Entre los muchos documentos que rescata y analiza hay uno
por el que tengo debilidad. En él Sacristán discute con Julián Marías
sobre Ortega. Y hay que leer lo que dice de él, en Nuestra Bandera, en
años de exilio y persecución. Y hay que leer lo que dice de Ortega,
escribiendo como marxista y también como español, como hombre que se
toma en serio la realidad de su pueblo, comparándolo con lo que habían
escrito otras luminarias del comunismo de la época: Federico Sánchez
(Semprún) y Fernando Claudín.
Semprún y Claudín renegaron del
comunismo y, más o menos, del marxismo. Visto lo que escribían, tenían
razones. Pero Sacristán, siendo un joven recién llegado, procedente del
falangismo, que aún no se había asegurado el sustento (que nunca
tendría) escribía otras cosas, con otro tono, con otro respeto al adversario,
con una concepción amplia de su propia herencia intelectual. Para un
español, dice Sacristán, es más importante medirse con Ortega que con
Heidegger o Neurath: sus límites, los de Ortega, son también los de
nuestra realidad nacional, a la que Ortega quiso permanecer fiel y en la
que buscó desesperadamente interlocutores. Ese era el joven filósofo
comunista, así hablaba, dijeran lo que dijeran Claudín o Semprún.
Semprún y Claudín fueron los buenos, las trayectorias modélicas. Sacristán el dogmático.
Mentira: Sacristán nunca fue dogmático, por eso no se arrepintió de ser
comunista, ni necesitó darse golpes en el pecho cuando dejo de creer en
la URSS. No necesitó hacerse liberal ni proclamar (¡menuda estupidez,
menuda impostura!) que tras la pulsión revolucionaria se esconden los
aspirantes a comisarios del NKVD. Ser comunista no era ser dogmático,
como lo fueron, y mucho, los dos pensadores nombrados -pero no
Sacristán. Cuando se escriba un libro blanco del comunismo, Sacristán
encontrará mucho espacio.
Un trabajo tan importante como este contribuirá a ello.