Jacobo Muñoz falleció el jueves 22 en Madrid. Desde la consternación producida por su pérdida, los compañeros de las áreas filosóficas de la Universidad de Cádiz, con los que Jacobo se sentía muy unido, nos sumamos a las muestras de pésame y de homenaje hacia el que fue maestro y amigo. De él recordaremos sobre todo su generosidad, su conversación inteligente y divertida y su sabiduría.
Pueden verse aquí los artículos de Francisco Martínez (Mundo Obrero), Francesc Arroyo (El País) y Germán Cano (El Cultural), publicados con motivo del fallecimiento de Jacobo Muñoz:
http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=7792
https://elpais.com/cultura/2018/02/23/actualidad/1519408972_057913.html
http://www.elcultural.com/noticias/letras/Jacobo-Munoz-en-la-Transicion-filosofica-espanola/11813
Por otra parte, por deferencia del profesor Francisco Martínez, catedrático de filosofía de la UNED, contamos con los enlaces que nos permiten seguir las intervenciones de Jacobo Muñoz en distintas sesiones de trabajo organizadas por el área de filosofía de la UNED:
Finalmente, eproduzco debajo un fragmento del texto que escribí para el volumen colectivo, Consideraciones Intempestivas. En torno a Jacobo Muñoz, Madrid, Biblioteca Nueva, 2015
Un estilo filosófico transmitido a
sus discípulos
En este periodo Jacobo Muñoz, gracias a su capacidad
para promover proyectos intelectuales y dinamizar a su alrededor las energías
creativas, va a fraguar una red de discípulos, colaboradores y contactos. Sólo
hay que echar un vistazo a la nómina de sus doctorandos para comprobar la
importante función de tutela y respaldo que Jacobo Muñoz ha desempeñado en
relación con las nuevas hornadas de filósofos españoles: Martínez Marzoa,
Cristina de Peretti,
José Luis Pardo, Salvador Mas, Artuto Leyte, Ángeles J. Perona, Eugenio Moya,
Yolanda Ruano, Álvarez Yagüez, Ramón J. del Castillo, Ángel M. Faerna, Pablo
López Álvarez, Luis Arenas, Germán Cano, por mencionar sólo algunos de ellos. A
estos vínculos hay que añadir los que proceden de su relación con Lledó, en su
etapa barcelonesa (Manuel Cruz), de los antiguos nexos valencianos (Celia
Amorós, Josep Lluis Blasco y posteriormente Vicente Sanfélix) o del magisterio
reconocido entre profesores de Universidades como las de la UNED (Ramón del
Castillo, Cristina de Peretti, Salvador Mas), Castilla La Mancha (Ángel
Faerna), Extremadura (Isidoro Reguera) y Cádiz (Ramón Vargas-Machuca, Antonio
Frías, Carlos Mougán, Francisco Vázquez, José Luis Moreno Pestaña) .
Pero este incremento exponencial en el capital
académico, escolar y social, acaecido en la fase madrileña de Jacobo Muñoz,
carece de sentido si no se tiene en cuenta la renovación y reorientación de sus
recursos filosóficos a lo largo de los últimos veinticinco años.
Como es sabido, en la época de su pertenencia al
grupo sacristaniano, el trabajo de importación y por tanto de recreación
teórica
desempeñado por Jacobo Muñoz, tenía dos ámbitos principales de referencia.
Por una parte la tradición analítica en su sentido más amplio, desde el Círculo
de Viena hasta la pragmalingüística anglosajona, teniendo como punto de partida
principal la obra de Wittgenstein.
Por otro lado, los marxismos occidentales (Marx y Engels incluidos); de una
parte las versiones más críticas procedentes del Este (Lukács y su escuela,
Adam Schaff) y de otra la Escuela de Frankfurt (principalmente Adorno y
Horkheimer).
El diálogo posible entre el análisis y estas
tendencias del marxismo occidental
ocupan un lugar preeminente en esta primera producción, muy marcada por los
trabajos de Manuel Sacristán. En esta misma estela se localiza la crítica de
Muñoz a las posiciones althusserianas, el interés por los aspectos epistémicos
del marxismo (de ahí por ejemplo la importancia concedida a la reflexión de
Zeleny sobre la estructura lógica El
capital),
la tematización de este legado en clave de ciencia de las “totalidades concretas”
con intención transformadora y la búsqueda de la complementariedad entre
filosofía de la ciencia de herencia analítica y crítica de las ideologías.
En esta singladura destaca en especial, en este caso marcando un cierto
contraste con Sacristán, su aproximación a la Teoría Crítica frankfurtiana. Su
interés preferente por las implicaciones metodológicas y epistemológicas de
esta perspectiva lo acercan, desde muy temprano,
a las lecturas que se estaban proponiendo en la década de los setenta por parte
de algunos sociólogos españoles (Jiménez Blanco, Julio Carabaña, Carlos Moya,
Rodríguez Ibáñez, José Vericat).
Al mismo tiempo, este tipo de preocupaciones lo alejaba de la recepción,
preeminentemente utópica, escatológica, de lo que en otro lugar hemos
denominado el “polo religioso” del “nódulo de Aranguren”
(Mardones, Gimbernat, Fraijó, Estrada, Adela Cortina, Reyes Mate),
muy marcado en los setenta por la obra de Ernst Bloch.
Una prueba del aprecio de Jacobo Muñoz por los hallazgos científicos asociados
a la Teoría Crítica antes que por su proyección utópica, lo constituye el hecho
de que considerara que “lo más duradero”
de esta corriente no eran sus
construcciones más especulativas (como la Dialéctica
de la Ilustración) sino trabajos de corte más empírico, como los Estudios sobre autoridad y familia, las
investigaciones sobre la “personalidad autoritaria” o los análisis de los
medios de comunicación y la industria cultural.
Para apreciar las continuidades pero también las
reorientaciones teóricas de Jacobo Muñoz (las reconversiones de su capital
filosófico), basta con comparar los contenidos de Lecturas de filosofía contemporánea (1978) con los ofrecidos en Figuras del desasosiego moderno (2002),
que reúne trabajos publicados desde 1985. Como sucede en otros filósofos
españoles de su misma unidad generacional, el problema de la reconstrucción de
la racionalidad a partir del diálogo entre análisis y marxismo, que había
ocupado el centro de atención del campo en la década de los setenta, deja su
lugar a la preocupación por el nihilismo como destino de Occidente y al
problema del papel de la filosofía tras la quiebra del proyecto moderno.
En este contexto se prosigue, como se verá, con la
reinterpretación del legado frankfurtiano, pero a la reflexión sobre Adorno y
Horkheimer se une ahora, en primer plano, la presencia de Benjamin,
y se contrastan los diagnósticos frankfurtianos de la modernidad con los
derivados del análisis propuesto por Max Weber. Por otro lado, la meditación
sobre la crítica nietzscheana
y heideggeriana
del legado moderno pasa a ocupar una posición central. Siguiendo este mismo hilo
y asumiendo la necesidad de redefinir la categoría de sujeto y de sujeto
revolucionario, se sitúa el interés por el postestructuralismo francés (Lyotard
y Foucault principalmente)
y por el feminismo.
Por otra parte, la inquietud por la deriva reciente de la filosofía analítica
se ha cifrado en una renovada atención por el pragmatismo.
En este panorama contemporáneo de la crisis de la
modernidad, Jacobo Muñoz ha defendido la necesidad de aguzar la autoconciencia
crítica de nuestro propio tiempo, emprendiendo una “ilustración de la
ilustración” que siga el camino “de un sujeto y una razón fuertes”,
“soporte último de un humanismo mínimo”,
aun reconociendo su factura histórica y la imposibilidad de un Gran Relato
reconciliador.
Finalmente, ante el escenario de fragmentación y de
aparente inanidad creativa de la filosofía en nuestro país, donde abundan los “intérpretes
excelentes” pero escasean los “compositores resueltos”,
Jacobo Muñoz está acometiendo un importante esfuerzo para repensar la tradición
filosófica española. Aquí se ubica su interpelación por la obra de Ortega y
Gasset
y el diálogo con algunas cumbres del pensamiento hispánico contemporáneo, desde
Santayana
y Fernando de los Ríos
hasta Eugenio Trías
y Emilio Lledó.
La puesta en marcha de la colección “Pensar en Español”, codirigida por Jacobo
Muñoz y Francisco José Martín constituye la iniciativa editorial más importante
de esta nueva preocupación.
Resultaría muy prolijo detallar el modo en que la
reflexión de Jacobo Muñoz sobre todas estas corrientes ha contribuido a animar
en España el debate sobre el pragmatismo (Ángel Faerna, Ramón J. del Castillo,
Carlos Mougán), la epistemología y la filosofía de la técnica (Vicente
Sanfélix, Eugenio Moya, Salvador Mas, Ángel Valero), el feminismo (Celia
Amorós, Ángeles J. Perona) o el postestructuralismo (José Luis Pardo, Germán
Cano, Javier Ugarte, Francisco Vázquez, José Luis Moreno Pestaña).
Finaliza así nuestro recorrido por la trayectoria de
un outsider que aterrizó en un medio
hostil, como era la sección filosófica de la Complutense, y que en solitario,
al menos durante los primeros años, introdujo en ese recinto universitario el
clamor de los debates y de las corrientes más fecundas del pensamiento
contemporáneo. Al mismo tiempo, supo fraguar, con un trabajo ciclópeo, una red
de discípulos y de colaboradores que seguimos llevando la impronta de su
estilo.
Véase
Muñoz, J.: “Lenguaje y
filosofía”, Revista de Occidente, nº
109, (1972), pp. 76-89, donde la corriente analítica queda emplazada en el
“giro lingüístico” de la filosofía contemporánea, afectando también tanto al marxismo (Schaff, Klaus) como a la hermenéutica
de tronco fenomenológico (Gadamer, Ricoeur). Véase también Muñoz, J.: “Después
de Wittgenstein”. Prólogo a Hartnack, J.: Wittgenstein
y la filosofía contemporánea, Barcelona, Ariel, 1972, pp. 5-25
Véase Muñoz, J.: “Nota marginal a una polémica”.
Prefacio a Th. W. Adorno et. Al.: La
disputa del positivismo en la sociología alemana, Barcelona, Grijalbo,
1973, pp. 7-9 y los trabajos sobre Lukács, Schaff y la escuela de Frankfurt
contenidos en Muñoz, J.: Lecturas de
filosofía contemporánea, op. cit. En su reseña de La disputa del positivismo, Fernando Savater sugiere la alineación
de Jacobo Muñoz entre las filas de los “analíticos”. Véase Savater, F.: “Una disputa fundamental”, Triunfo, 6-1-1973, pp. 44-45
Muñoz, J. y Martín, F.J. (eds.): La filosofía del límite. Debate con Eugenio Trías, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005